Por supuesto que esta pregunta podría tener respuestas relativas a cada reforma y sus consecuencias puntuales y contingentes, sin embargo, planteada de un modo más general y profundo, apunta al marco estructural completo y complejo de la sociedad en que se forman y se gestan tanto los procesos educacionales, como sus respectivos dispositivos jurídico- legislativos.
Pero además, si observamos que las sociedades de nuestro mundo globalizado, se parecen cada vez más, hemos de admitir que se están verificando una serie de procesos que, asesorados desde organismos ‘internacionales’ que velan por el cumplimiento de un conjunto de patrones, se implementan de igual modo, aunque con diferente rapidez, en muchos sitios del mundo a la vez.
Teniendo esto en cuenta, cabría la ingenua pregunta de si estos procedimientos de isomorfismo están impulsados por un genuino afán de mejorar las cosas en beneficio de la comunidad ('la humanidad'), o debajo de dichas proclamas se ocultan en realidad lógicas inherentes a intereses de muy distinto orden.
Tenemos así que desde hace ya muchos años y cada vez más, organismos como el FMI dictan a los gobiernos políticas de re-estructuración educativa sin ningún tipo de pudor ni arrobamiento, con la fuerza que hoy procuran sus contractuales ofertas de ‘ayudas’, préstamos, o ‘inversiones’, devenidas en presiones o chantajes hacia los estados para que estos adopten sus ‘sugerencias’, por lo que hoy las disposiciones de este tipo de organismos tienen fuerza de ley, como antes sólo tuvieron los decretos promulgados por regímenes totalitarios impuestos a golpe de estado.
En este sentido, caben las observaciones del filósofo e ingeniero y profesor de la Universidad de Chile, Marcos García de la Huerta, de que el ‘neoliberalismo’ es a la vez que destructor de estado, re-constructor del mismo, en virtud de la imposición por diferentes medios de sus dogmas y requerimientos.
Habiendo hecho este periplo, pareciese que nos alejamos de nuestro tema, sin embargo, se ha de considerar aunque sea de un modo somero, dadas las dimensiones de este pequeño artículo, el nivel macro donde se insertan los procesos que determinan de un modo tan rotundo la educación, contra toda lógica histórica, humana y ética, a favor de principios economicistas como rentabilidad y ‘eficiencia’ (para quienes??)
Y dado que todo este contexto está formado por realidades fácticas difíciles de obviar mal que nos pese, se han de buscar formas alternativas, rodeos y estrategias de largo y mediano alcance, para establecer una tenaz lucha, una resistencia, contra las tendencias apisonadoras a la vez que disociadoras del modelo imperante, contra su dinámica de abolición de la humanidad de los seres humanos, aún con su retórica de derechos y sus sublimes y exaltadas declamaciones de grandes logros y objetivos que se han de poner por escrito en todas y cada una de las instituciones que por las metodologías estructuralistas se rigen.
Es así, que en definitiva, ha de quedar un margen dentro de todo este asunto, que nos permita hacer algo más que bailar a su son, o esperar una reforma favorable, que con gran esfuerzo desande un paso mientras en la otra dirección se han dado trece.
Un buen ejemplo de lo dicho más arriba, sobre contingencias menores, que muchas veces es mejor obviar, por miedo a que en lugar de la política, sin darnos cuenta estemos otra vez hablando de farándula; es la situación de que los gobiernos de la Concertación asumieron junto a un rechazo moral, una política de continuismo de facto del marco institucional, así como de las políticas económicas heredadas de la Dictadura de mano de los Chicago boys, que a partir del indoctrinamiento recibido del Nobel de Economía y teórico del neoliberalismo más exacerbado, Milton Friedman, llegaron directamente en su período a poner en práctica sus teorías aquí en Chile.
Situaciones como esa, de las que han habido muchas y cada vez hay más a lo largo y ancho de nuestro desesperanzador mundo, han hecho exclamar al escritor portugués José Saramago que mientras que en otro tiempo, la derecha era un referente conservador de un orden y la izquierda aspiraba a transformarlo, hoy los gobiernos de una y otra tendencia se parecen cada día más, y las diferencias entre derecha e izquierda se han diluido hasta el punto que se reducen a encendidos y demagógicos debates en torno a cuantos milímetros más o menos se le han de conceder al Dios 'Mercado'.
La misma reflexión hace Marcos García de la Huerta, en su libro “Pensar la política”, al igual que el historiador Gabriel Salazar, en sus múltiples artículos, ensayos y entrevistas, lo que nos indica que aunque la mayor parte de la gente está ciega o idiotizada por los medios de ‘comunicación’, aunque sería más exacto decir de ‘desinformación’, o peor aún, de simple enajenación; hay sin embargo algunos referentes sino de espiritualidad, al menos de lucidez que nos indican ciertas claves para replantearnos la visión de los medios oficiales.
¿Y porqué decimos todo esto? Porque, dados todos estos antecedentes, sería mendaz esperar aún algo (al menos algo significativo), por el cauce de las reformas, sino que más bien ellas son partes de los elementos de coacción dentro del cual se ha de plantear una lucha de mucho mayor alcance y contenido, una vez descontada, por supuesto, también la idea mentecata de que se pueden lograr grandes cosas a través de agruparse como ovejas a gritar en la calle, exponiéndose nada más que a los desagradables gases que utiliza la policía para disolver a los manifestantes, a la vez que a la captura voyerista de una imagen por parte de un reportero gráfico, con la que tendrá con que enseñar que ‘acontece algo’.
Alejándonos de todas estas prerrogativas, ya hace mucho experimentadas, mientras el mundo entero se ha seguido moviendo para acá, y no para allá, hacia donde querían llevarlo quienes creían en revoluciones, sin darse cuenta de qué transformaciones y modificaciones se estaban operando en frente de sus ojos, aunque no en el sentido esperado y para el bien de los seres humanos, la revolucionariedad, si se nos permite el término, ha sido un aspecto consultancial al capitalismo contra el que se luchaba, no así la actitud de quienes lo increpaban, que sin darse cuenta asumieron un papel reactivo (de re-accionar), mientras se imaginaban y se representaban a sí mismos a través del discurso las cosas exactamente al revés.
Y otra vez, ¿por qué todo este alegato? Porque entre tanto, hace por lo menos cuarenta o cincuenta años, se ha perdido de vista que las verdaderas herramientas para operar transformaciones nunca han dejado de estar allí sobre la mesa. Ya que las verdaderas transformaciones y modificaciones son invisibles para los enfoques que determina la mirada de la lógica que gobierna la economía; que es la actividad que ha abolido a la politica, haciendo de las nuestras sociedades económicas no políticas; a no ser que se quiera creer aún contra toda evidencia, que esa triste actividad publicitaria y censitaria (de votos) corresponde en verdad a un acontecimiento político, y no a un mero espectáculo que justifica algunos voluminosos sueldos, a la vez que mantiene las miradas distraídas de los lugares donde efectivamente radica el poder.
En efecto, se trata de recuperar lo perdido, pero no a través de acciones en un ámbito delimitado ya por ortodoxias pseudocríticas que garantizan que ninguna cosa significativa se moverá de lugar. Porque si hay algo que se ha de mover de su lugar, son los puntos de vista que nos tienen anclados al paradigma o conjunto de concepciones desde el cual se duplican las pautas conductuales esperables que replican el modelo imperante, ya que aquello a que apela el lugar común referido por el término ‘el sistema’, no es algo que esté ‘fuera’ de nosotros, ni siquiera se trata de que 'formemos parte' de él, ya que además de una entidad abstracta para nuestras representaciones, este no refiere algo que exista con independencia de nosotros, de nuestros hábitos mentales y stoks de comportamientos; es decir el ‘sistema’ somos nosotros, o ‘lo hacemos-ser’ nosotros, nosotros le damos su realidad.
Por lo tanto, si nos preocupa el ser humano, si nos preocupa ser seres humanos, y por lo tanto la educación, si hay alguna re-forma por la que debamos empezar, es por re-formarnos a nosotros mismos. Mientras tanto ello no ocurra, lo demás será pate del paisaje de fondo de la obra que se sigue representando, en cuyo primer plano se suceden los acontecimientos de una tragedia, a saber, la incesante degradación y apatía adornada de algunos modestos placeres, a la que algunos autores se solazan en denominar ‘post-modernismo’, como si la sofisticación del término, ya dudosa, fuese una suerte de exorcismo de las realidades que refiere.
ay que desde que tengo razón la cosa sigue igual, cómo avanzar? :(
ResponderSuprimirReformulando la pregunta, pues, mi querido colega. ¿Es la educación (institucional) verdaderamente beneficiosa para el ser humano?
ResponderSuprimirY recuerden que la educación es... educacional y no se compliquen la vida, vejetes.
"(...) en cuyo primer plano se suceden los acontecimientos de una tragedia, a saber, la incesante degradación y apatía adornada de algunos modestos placeres, a la que algunos autores se solazan en denominar ‘post-modernismo’"
ResponderSuprimirEl posmodernismo es una asunción de que las cosas no se pueden ni conocer ni expresar. Es una negación que tiene su raíz en el kantismo, en la crítica de la razón pura, pero sin asumir la crítica de la razón práctica. Es una crítica de la razón, pero que no asume universalidad, y por ende rechaza la ética. No cree ni crea horizontes éticos. Asumen el sin sentido de la vida...
Por eso, pueden escribir analisis tremendos de algo en particular, pero no asumir nunca una postura práctica. Dicen todo lo que está mal, pero le añaden un escéptico "según yo, esa es MI verdad", y luego pasan a tomar asiento.
Me gustó el artículo. Le habla a muchas personas. Incluso a algunos que creen que critican, pero nunca toman posturas prácticas. No cachan que sin practicidad, no hay libertad posible. No cachan que libertad no es hacer-pensar lo que se quiera, sino lo que se deba. No cachan que no viven solos.