"Yo nací un día en que Dios estuvo enfermo"
César Vallejo
Ignoro si llegaré a la juventud de mi alma. Ignoro el sentido de mi canto. Todo lo que he sido -porque yo soy aquello- a mis pies tiende a la vanidad, y no hay ya nada nuevo debajo de mí.
Ignoro la felicidad y siento en el corazón de mis sentires, tranco a tranco, el paso fiero de la envidia. Envidio al albañil, cuando a mí solo me alcanzó para constructor de laberintos. Añoro la vida de la señora que, asomada por el soportal de su casa, ve pasar el tiempo, cuando a mí solo me alcanzó para espíritu de los relojes. Envidio el latir del corazón amante, y lo miro con cierto dejo de un hambre divina, cuando a mí solo me alcanzó para partero. Tengo humos en la cabeza, y soy la nube. Estupefactos me miran mis herramientas, mis armas y mis artefactos que alguna vez asieron mis manos, y hoy duermen sobre el arado. En el umbral de la vida, sepa usted, amigo, que yo no tengo amigos. Todo lo que de mí los patrones dictan es materia oscura y proposiciones inciertas, como los pantanos. No puedo respirar sobre los campos, y un solo buen suspiro hiere mi barriga poblada. No quiero bien, contarles mis historias. Solo me parece que mi Ser tremendo, se va yendo de los días venideros, como silueta de rata. Prendedle fuego a la cola de un zorro, y verás como hoy yo siento el abandono de mi alma.
De herencia quedan mis promesas. Mi testamento es unívoco, completo, consistente, i-n-e-x-i-s-t-e-n-t-e.
¿Ha usted mirado el cielo vez alguna junto a una mujer de pies pequeños, de ojos brillantes, de pechos duros, de labios amorosos, y ha puesto su felicidad en la última estrella que ven los fondos de sus ojos? ¿Ha puéstose, usted, a rezar sin menguar por desventuras, y ha sentido cual remedio, que ha ido en detrimento la fuerza de su llanto?
Se me caen las manos, y el pecho de mis razones no es tan viril para aguantar tan triste labor como la que llevo inscrita en la frente. Sálvense por mi deceso todos mis hijos. No creo en el cuento del hijo prodigo. Si ha de volver o no a por vosotros, el juicio está con los vivos.
Cada vez que me miro, presiento el derrumbe de mis huesos canallas. Y yo, viejo mi semblante y cano, no he llegado siquiera a la juventud de la juventud y estoy convencido. Yo nací un día en que el hombre estuvo enfermo, grave.
David Rojas, cuento
lunes 26 de abril de 2010, 17:20hrs.

wena loko...
ResponderSuprimirandai inspirado... sigue asi no mas.
weno el cuento.. no soy un inclaudicable lector de cosas asi, pero me gusto.
saludos !
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Bryan